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Croacia, destino de moda para vivir en el mediterráneo

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Croacia se ha convertido en uno de los destinos más populares del Mediterráneo.


Croacia es una pequeña y poco conocida joya del Mediterráneo. Sus costas no alcanzan los niveles de popularidad de las de España, Francia, Italia o incluso Grecia, pero cada año crece el número de turistas de todo el mundo que elige sus playas para disfrutar de las vacaciones. Es un país completamente abierto al mar; vive por y para él, y esa pasión la trasmite en todas sus ciudades, a todos los visitantes. Puede resultar difícil explicar por qué gustan tanto las calles de sus poblaciones, sus gentes y su cultura. Es cuestión de sentimientos. Se podría decir que Croacia tiene un encanto especial: se descubre con la ilusión de un niño, y siempre se quiere volver con la nostalgia de un anciano.Se encuentra situado en los Balcanes, a la derecha de Italia, país del que está separado por una pequeña franja de agua conocida como Mar Adriático. Es pequeño, tiene poco más de cuatro millones de habitantes y su extensión es de sólo 56.594 kilómetros cuadrados (35.165 millas cuadradas), en comparación con los 675.417 (419.684 millas cuadradas) que tiene Francia o los 170.378 (85.867 millas cuadradas) del estado de Florida. Una de sus principales peculiaridades es que cuenta con más de mil islas que se extienden a lo largo de toda su costa.Como buen país mediterráneo que se precie, tres son sus principales atractivos turísticos: sus playas, su patrimonio cultural y su comida. Las playas se caracterizan por ser pequeñas, de piedras en lugar de arena, y por unas aguas muy tranquilas y limpias, en algunas zonas con un precioso tono turquesa. Sus ciudades más importantes están llenas de historia y plagadas de monumentos y restos arquitectónicos de gran valor artístico. Su cocina tiene una gran influencia italiana. La pasta y las pizzas son de una gran calidad, pero los muchos restaurantes “de autor” que se encuentran por los rincones del país han sabido aportar un estilo propio a sus platos, en los que, como no podía ser de otra forma, priman los alimentos salidos del mar como las ostras, los mejillones y las anguilas, aunque sería injusto olvidarse de los asados de carne de buey y de cordero. Todo ello, cocinado con un extraordinario aceite de oliva autóctono.

La ciudad del país más conocida internacionalmente es Dubrovnik. Fue muy castigada por la Segunda Guerra Mundial y la contienda civil de los Balcanes, pero ha sido reconstruida con inteligencia y cuidado, conservando su espíritu histórico.

Es difícil saber si su casco antiguo resulta más bello visto desde lo alto de una de las colinas que lo rodean o desde sus propias calles. Caminar por dentro de la antigua muralla de Dubrovnik es trasportarse en el tiempo, es como pasear por un gran pueblo medieval. Suelo y edificios de piedra, con grandes ventanas cuadradas o terminadas en pico, al estilo gótico; soportales con arcos, pequeñas farolas de metal y cristal colgando de las fachadas de las casas y, de repente, en un rincón escondido, puedes encontrarte un buen lugar para lanzarte al mar, como hacen los croatas, que no necesitan arena y una tumbona, simplemente una roca bañada por el agua salada desde donde saltar y zambullirse. Y entre esas mismas rocas, son capaces de colocar cuatro sillas y cinco mesas e inventarse un bar. Existe esta terraza, que puede verse desde lo alto de la muralla (por la que se puede pasear), y es obligado tomarse una cerveza allí, con risas de fondo, mezcladas con música chill out y el sonido de las olas rompiendo contra las rocas.

Todos estos atractivos han convertido a esta ciudad en el mayor centro turístico del país, lo que provoca que siempre esté plagada de turistas y, de algún modo, sea la ciudad menos auténticamente croata. Si lo que se busca es tranquilidad, este no es el lugar más adecuado.

Se puede disfrutar de Dubrovnik con dos estilos de estancias diferentes. Si lo que el viajero quiere es alojarse dentro de la muralla, en un lugar especial y con mucho encanto, una buena opción es el hotel Pucic Palace. Se encuentra situado en una casa señorial del siglo XVII, por lo que dormir en una de sus 19 exclusivas habitaciones es trasladarse en el tiempo y sentirse como un noble habitante de la ciudad de hace más de 400 años. Si lo que el turista prefiere es mucha comodidad y relax, el hotel Villa Dubrovnik es una de sus mejores opciones. Se levanta sobre un acantilado y tiene unas hermosas vistas a la isla Lokrum y al Adriático. Ofrece a sus clientes una gama completa de servicios e instalaciones de alta calidad, incluyendo una playa privada, spa y centros de fitness, piscina cubierta y solárium, así como saunas, baño turco, jacuzzis e instalaciones para deportes acuáticos.

Split es casi la antítesis de Dubrovnik. Sus calles no son rectas ni se cruzan unas con otras formando casi cuadrículas perfectas, como las de su vecina. En Split es fácil perderse entre callejuelas por las que sólo pasa una persona o que no te llevan a ninguna parte. Así es el centro histórico de esta ciudad, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, como el de Dubrovnik. La parte antigua de Split gira en torno al Palacio de Diocleciano, una construcción que encargó levantar el emperador romano Diocleciano entre los siglos III y IV D.C. Allí se conservan restos arqueológicos muy interesantes, como el Templo de Júpiter, la Catedral de Domnio o el antiguo Mausoleo de Diocleciano.

Al margen de su lado más histórico, Split es una ciudad jovial y moderna, con una gran oferta de ocio. Cuenta con un importante puerto, por lo que es el lugar perfecto para alquilar un barco con el que navegar durante unos días y descubrir las islas croatas. Es una de las maneras más atractivas de conocer la costa del país, y se ha puesto muy de moda los últimos años. Existen muchas empresas que ofrecen el alquiler de un catamarán, un yate o un velero con o sin capitán y tripulación.

Ya lejos de las aglomeraciones turísticas, al norte de Croacia, muy cerca de la frontera con Eslovenia, se encuentra Opatija. Se trata del destino turístico de la alta sociedad del Adriático. De hecho, es considerada la Marbella de Croacia o la Niza austríaca. Desde la mitad del siglo XIX fue lugar de descanso, en invierno y en verano, de la aristocracia austro-húngara. La ciudad aún conserva el estilo lujoso de aquella época. Sus elegantes boutiques, sus lunch-bar o sus cuidados parques y su largo paseo marítimo recuerdan el ambiente de la alta sociedad. Es una ciudad ideal para descansar con pausa, dejando que el tiempo pase con calma junto al mar, o para ir de compras por sus numerosas tiendas.

Lo que en aquellos años del siglo pasado fueron antiguas villas y grandes casas de nobles del centro de Europa, hoy se ha convertido en hermosos y encantadores hoteles con centros de wellness y grandes salas de congresos y piscinas. Las opciones de lujo para hospedarse son bastantes, pero quizá una de las más interesantes sea el Hotel Milenij, con una ubicación privilegiada en el centro de la ciudad, junto al paseo marítimo de Lungomare y con vistas a la estatua de la niña con una gaviota, uno de los símbolos de la ciudad y una de las imágenes que el turista recordará cuando sienta la necesidad de volver a este acogedor y alegre país.

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