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Las horas de llegada y de salida pueden convertirse en un motivo de angustia. ¿Cuándo hay que llegar a un evento? ¿Hasta cuándo hay que quedarse? ¿Cómo hacer una despedida a tiempo? ¿Cual es la línea que diferencia el retraso elegante de la mala educación? Las llegadas y las despedidas han de estar estratégicamente calculadas. El momento justo de entrada y salida depende del tipo de evento, pero también es cierto que las fórmulas son relativas. Les ofrecemos unos principios básicos.

No aparezca en una fiesta sin avisar.

Si decide acudir a un evento el día antes y no lo ha anunciado por escrito, no se le ocurra aparecer sin hacer una llamada al anfitrión. Discúlpese por no haber respondido a la invitación con tiempo y diga que le apetece mucho acudir. Llegado ese punto, será el anfitrión el que decida decirle si o no.

En los grandes eventos, suele haber una persona que regula el acceso y tiene una lista de invitados. Una rápida llamada telefónica le evitará el apuro de aparecer para que le den con la puerta en las narices. Por otra parte, el anfitrión estará demasiado ocupado como para que nadie le ocasione un revuelo en la puerta.

No sea un “pájaro temprano”.

La hora de la fiesta se establece para algo. El organizador podría resentirse si alguien llega antes de tiempo (aunque lo disimule con gracia). Y por su propio bien, nada le resta tanto glamour a un evento como llegar y pillar al anfitrión en zapatillas de estar por casa, buscando el lugar apropiado para colocar las peonias.

Y por supuesto, no sea el primero en llegar y el último en irse.