Personalidades


Doris Duke

Ana B. Remos


Tras su muerte en 1925, James B. Duke deja a su única hija Doris una herencia de más de $80 millones…


En un tiempo considerada la mujer más rica del mundo, cuando murió en 1993, Doris Duke dejó tras de sí no sólo un número considerable de diamantes y piedras preciosas en su estado más puro, antigüedades inglesas y francesas del siglo XVIII, piezas de arte asiático e islámico… sino también una incontable fortuna repartida en cuentas bancarias por todo el mundo y residencias en las más exclusivas áreas, como su penthouse en Park Avenue de Manhattan, su mansión de Newport de 105 habitaciones (donde organizaba fiestas y se reunía con sus amigas Jacqueline Kennedy Onassis y Elizabeth Taylor), y su mansión de Beverly Hills. Por sólo nombrar algunas de las propiedades de la heredera del tabaco.

Su último testamento tenía más de 45 páginas. La dama poseía además uno de los armarios más codiciados en lo que a colecciones de moda se refiere. Piezas hechas a la medida por Dior, Balenciaga, Givenchy… algo que contrastaba con su modesta colección de zapatos, pues al contrario que su amiga Imelda Marcos, Duke poseía pocos pares que usaba sin descanso, en especial sus característicos zapatos planos de seda hechos en los años sesenta a su medida por el Taj de India, país por el que sentía debilidad no sólo por su cultura sino por sus joyas y piedras preciosas.

La obsesión por aquellos zapatos planos bohemios de seda era en realidad un reflejo de la personalidad e infancia de Doris Duke. Nacida en 1912, su padre, James Buchanan Duke, poseía una de las grandes fortunas asentada en la industria del tabaco. Tras su muerte en 1925, James B. Duke deja a su única hija Doris una herencia de más de $80 millones. Doris, que en aquel entonces contaba con sólo 12 años, se convierte en la niña más rica del mundo, con tutores privados y un chofer que la llevaba en su Rolls-Royce a lo largo de la Quinta Avenida de Nueva York, donde residía en su mansión de cinco plantas. Creció llena de soledad y falta del cariño de su madre, Nanaline Duke, como muchas veces fue declarado por la propia Doris, que sólo deseaba que su madre le dedicase la misma atención y amor que dedicaba a su colección de pieles y diamantes.

Todo ello hizo que el carácter de la entonces niña se fuese endureciendo y así consiguió con sólo 14 años ganar judicialmente a su madre la propiedad de la mansión familiar en Manhattan, algo que fue primera página del New York Times y seguido por toda la prensa nacional.

En lo que coinciden todos los biógrafos es en que esa infancia tan falta de cariño y estabilidad familiar que Duke padeció, marcó su comportamiento futuro, especialmente reflejado en sus conocidos romances y sus compras compulsivas. Fue muy comentada su infidelidad amorosa con los hermanos surfistas hawaianos Kahanamoku aún cuando se encontraba en plena luna de miel con James Cromwell, aspirante a política, originario de Palm Beach y amante de la buena vida. Fue en esa luna de miel de 11 meses a lo largo del mundo donde Doris Duke quedó prendada de Diamond Head, comprando más tarde cinco acres con vistas al Pacífico donde construyó un auténtico paraíso, Shangri La.

Pero Doris Duke no sólo fue infiel con los hermanos Kahanamoku. Aun cuando seguía casada, mantuvo romances con Errol Flynn y más de un aristócrata londinense. Una vez divorciada, mantuvo un sonado romance con el Don Juan dominicano Porfirio Rubirosa, por aquel entonces casado con su segunda mujer, la actriz francesa Danielle Darrieux, con la que vivía en Suiza y a la que se dice que Duke pagó $1 millón para que se divorciase del playboy dominicano. El romance acabó en boda en 1947 y un año más tarde en divorcio, si bien Rubirosa se aseguró antes de salir airoso y beneficiado, contando así con la propiedad de plantaciones de café, coches de carreras, caballos, una mansión en París… además de una considerable suma de dinero.

Los caprichos y escándalos de la heredera fueron creciendo a la vez que pasaban los años, comprando propiedades en los más insólitos lugares y rodeándose de artistas como Andy Warhol y gente del mundo de la moda.

La suerte nunca le acompañó y se dice que nunca encontró la felicidad. La única hija que tuvo, Arden, murió al día siguiente de dar a luz y su diseñador de interiores y amigo, Eduardo Tirella, murió atropellado por la propia Duke como origen de un fatal e inesperado accidente a la entrada de Rough Point, su mansión en Newport.

Intentó buscar el cariño en personas ajenas a su círculo social, como su mayordomo Bernard Lafferty, al que dejó millones de dólares en su testamento, o Chandi Heffner, ex Hare Krishna, a quien adoptó convencida de que era la reencarnación de su desaparecida hija y con la que terminó más tarde la relación.

En realidad siempre estuvo a la búsqueda del cariño que su madre le negó y quizás por ello probaba círculos y actividades fuera de su millonaria vida, como el ser escritora de moda en París para la revista Harper’s Bazaar con un salario de unos $50 semanales.

Fue en su amor a Shagri La, su paraíso en Honolulu, o su profundo amor al arte, donde encontró la felicidad y hoy la Fundación Doris Duke continúa siendo una de las que apoya de una forma más generosa a las causas medioambientales, el arte y las investigaciones médicas.

La huella de Doris Duke sigue estando tan patente que se han escrito numerosos libros sobre la heredera, el último de ellos fue publicado este último otoño a la vez que se inauguró la exposición en el Museo de Arte y Diseño de Nueva York y que tiene como protagonista a Shagri La y que, tras su finalización en enero de 2013, viajará a seis instituciones más aparte del citado museo.

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